BOLÍVAR Y MORILLO

A propósito del proceso del diálogo entre el Gobierno y la oposición, diversos analistas han escrito sobre la entrevista de Bolívar y Morillo realizada en Santa Ana de Trujillo el 27 de noviembre de 1820, pues se argumenta que si estos dos personajes pudieron dialogar y llegar a acuerdos, luego de los terribles años de la guerra a muerte, por qué no pueden hacerlo los sectores opuestos en medio de la grave crisis de hoy.

Hay varios detalles que quisiera abordar, pues establecer una especie de paralelismo entre estos dos procesos es tomar superficialmente estos asuntos. Es verdad que ambos acontecimientos se dan en medio de situaciones muy delicadas de violencia y anarquía, ruina económica, déficit institucional, violación de derechos humanos, pero veamos algunos elementos diferenciadores, además de los obvios de tiempo y lugar.

Las razones de la guerra: los realistas defendían la integridad del reino de España; los patriotas la independencia de estas tierras americanas. Hoy el Gobierno defiende un proyecto inconstitucional, totalitario y corrompido; la oposición la vigencia de la Constitución y el derecho a elegir en libertad. Los interlocutores eran personas honorables y confiar en su palabra era lo natural; hoy los interlocutores del gobierno mienten descaradamente y algunos de la MUD ofrecen dudas, incluso del lado de los mediadores.

 El proceso de diálogo que culmina en Santa Ana había sido elaborado meticulosamente desde Trujillo por varios negociadores muy preparados: del lado español Ramón Correa, Juan Rodríguez Toro y Francisco González Linares, del colombiano Antonio José de Sucre, Pedro Briceño Méndez y José Gabriel Pérez; el de hoy es indudable que no ha sido meticulosamente preparado, de allí la sensación de cambios repentinos de objetivos y procesos.

Otro asunto es la calidad de la información. En 1820, Morillo sabía que no tendría nuevos refuerzos para continuar la guerra, pero ignoraba que eso ya lo sabía Bolívar, de manera que los dos manejaban información asimétrica en favor del Libertador; también la información estaba argumentada en cartas y documentos; hoy la sensación es la falta de claridad, reuniones confidenciales, noticias inesperadas, sorpresas.

Hoy la ventaja del Gobierno es la alcahuetería de las diversas instituciones que deberían resguardar el equilibro de poderes, la represión de las Fuerzas Armadas y de los “colectivos”; su punto más débil es que se le acabó el dinero y necesita de la Asamblea Nacional para la búsqueda de ingresos. La oposición controla la Asamblea Nacional, que es la llave que puede permitir la entrada de recursos. El pueblo -entre tanto- parece que sufre y espera, en vez de escuchar el mensaje de la Iglesia de hace años: despierta y reacciona.

El propio Bolívar en correspondencia a Morillo, el 21 de julio le aclara que las bases de los tratados y de las entrevistas estaban en la Ley Fundamental de la República. ¿Pueden ser otras las bases del diálogo que no sean las establecidas en la Constitución de Venezuela? Allí está el acuerdo social establecido por el pueblo venezolano, no hay otras bases. ¿Es mucho pedir que se cumpla lo que allí está, y que tanto el Gobierno como la oposición juraron acatar?

En la modesta ciudad de Trujillo, entre los días 21 al 26 de noviembre de 1820, se fraguaron lo dos de los documentos más importantes de la historia del derecho humanitario mundial. En vez de la agitada Caracas, o de la turística Margarita, ¿No podría la Ciudad de la Paz ofrecer los espacios y el ambiente adecuado para un diálogo serio, continuo y sin sobresaltos, para que nuestra sufrida Venezuela alcance unos acuerdos que nos traigan el imperio de la ley, el camino del sosiego y de la prosperidad?

Bueno, uno sueña que pueda ser posible lo que en otros tiempos fue. Sueña con algo que debería ser sencillo: que el Gobierno cumpla con la Constitución, la oposición sea firme en exigirlo y los acompañantes del diálogo en garantizarlo. Nada más…nada menos.